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«Planificación territorial es clave para el desarrollo de La Araucanía».

La planificación territorial en La Araucanía es clave para abordar los desequilibrios socioambientales y garantizar un desarrollo sostenible en una región de alta fragilidad ecológica y diversidad cultural. Técnicamente, permite ordenar el uso del suelo mediante instrumentos como zonificaciones bioclimáticas, identificando áreas prioritarias para la conservación de ecosistemas (ej.: bosque nativo, humedales) y zonas aptas para actividades productivas (agrícolas, turísticas). Esto mitiga conflictos como la deforestación, la expansión urbana descontrolada y la degradación de cuencas hidrográficas (ej.: río Cautín), integrando criterios científicos de capacidad de carga y resiliencia climática. Además, al incorporar saberes mapuche sobre manejo territorial (admapu), se promueve una gestión colaborativa de recursos naturales, alineada con estándares internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS 11 y 15).

Desde una perspectiva socioeconómica, la planificación territorial es una herramienta para reducir las brechas de inequidad espacial y fortalecer la cohesión comunitaria. La Araucanía presenta una dispersión poblacional y una concentración de servicios en núcleos urbanos, lo que profundiza el aislamiento de comunidades rurales e indígenas. Mediante análisis de accesibilidad y modelos de centralidad, se pueden diseñar redes de infraestructura básica (vialidad, conectividad digital) y equipamientos públicos (salud, educación) que prioricen zonas marginadas. Asimismo, al regular la localización de proyectos de inversión (minería, agroindustria), se evita la fragmentación de territorios ancestrales y se asegura la protección de sitios de significación cultural, cumpliendo con normativas como el Convenio 169 de la OIT. Esto fomenta economías locales integradas, como circuitos turísticos comunitarios o agricultura regenerativa, que equilibran productividad y equidad.

Finalmente, la planificación territorial es indispensable para gestionar riesgos naturales y antrópicos en una región expuesta a amenazas como incendios forestales, sequías y erosión. Técnicamente, se implementan sistemas de información geográfica (SIG) para mapear vulnerabilidades y diseñar planes de mitigación, como cortafuegos estratégicos o restauración de suelos en laderas susceptibles. Además, al regular los asentamientos humanos en zonas de riesgo (riberas inundables, áreas volcánicas), se reduce la exposición a desastres, cumpliendo con directrices de la Política Nacional de Ordenamiento Territorial (PNOT). Integrar la cosmovisión mapuche, que incluye prácticas preventivas basadas en la observación de ciclos naturales (trawün), enriquece estos enfoques técnicos, creando modelos híbridos que combinan ciencia moderna y conocimiento ancestral. Así, se construye un territorio resiliente, capaz de adaptarse a desafíos globales sin sacrificar su identidad local.

Por Pablo Díaz Salazar.

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