¿Qué? ¿Cómo es la cuestión? Ya mucho tiempo nos movemos entre inclusión y exclusión. Y ello, en ocasiones, con profundo efecto en las comunidades locales, regionales, nacionales o globales. Desde los más antiguos intentos societarios a las más complejas comunidades en la modernidad. Siempre bajo los mismos preceptos de que las personas o son parte de un grupo o comunidad o que, por alguna idea loca o no tan loca, han de quedar fuera. Esta doble opción implica de modo duro o extremo la rica complejidad de la existencia humana.
Esta idea -loca y no tan loca- de “ni incluir ni excluir” surge no como una contradicción, sino como una propuesta radical para trascender este paradigma. Es más bien validar al individuo, a la persona, ya dada su diversidad intrínseca, sin que se validen sus etiquetas o categorizaciones que puedan operar como limitantes.
La inclusión. La preponderancia de la inclusión, aunque bien intencionada, puede producir efectos maliciosos. Si se ejerce presión para que individuos o grupos minoritarios entren en una estructura dominante ya existente, la inclusión puede, paradojalmente, borrar identidades únicas en favor de una homogeneidad anodina. Es o sería como una suma en la que la identidad del incorporado es subyugada, y se ve obligado a conformarse o a aceptar normas del grupo dominante. Esta suerte de sumisión forzada puede ser tan desventajosa como la exclusión, pues niega la independencia del individuo para definirse a sí mismo.
Asimismo, la exclusión es, por sí sola, una fuerza destructiva que fracciona la sociedad. Si se rechaza a personas o grupos de personas, se les niega el acercamiento a oportunidades, recursos, bienes y dignidad de tales, dando origen a divisiones profundas, e instituyendo injusticias. La exclusión no solo margina a quienes quedan fuera, sino que empobrece a quienes están dentro del grupo, pues se ven privados de la perspectiva, la creatividad y la riqueza que la diversidad proporciona.
La disyuntiva de “ni incluir ni excluir” genera una tercera opción o camino: el del reconocimiento mutuo. Así, forzar a las personas a pertenecer a una clase o comunidad o apartarlas, genera una posibilidad de crear espacios en que cada individuo es valorado por su propia esencia. Ello implica un cambio radical de mentalidad, en el que el respeto es un derecho inherente. Una verdadera comunidad se edifica no por medio de la uniformidad, sino a través de la convivencia de una multiplicidad de identidades genuinas. La idea no es asimilar, sino que prosperen de manera autónoma, independiente, sin que ni por asomo afloren las categorías de incluido o excluido.
En suma, la dicotomía de incluir o excluir puede ser un planteamiento simple, insuficiente para resolver disyuntivas cruciales en las relaciones humanas. Si bien la exclusión es manifiestamente perjudicial, la inclusión, tal como habitualmente se practica o ensaya, también puede ser una espada de doble filo, pues se subyuga la identidad. ¿Qué hacer? Idealmente caminar a la constitución de una comunidad que no necesite clasificar a las personas para conferirles valor. Conformar una sociedad donde la individualidad es celebrada, y en el que el contacto humano se desarrolla de forma natural, sin apremios, sin imposición, sin coerción, menos violencia.
Ni incluir ni excluir, debiera, debería dar la posibilidad de construir una comunidad que dignifique, honre a cada persona en su totalidad.









